Yo nunca he sabido procesar tus besos; llenarme los labios para soportar tu ausencia. Calmar el silencio que llena tu partida, cuando en soledad mi alma busca tu mirada.
No he sabido habitar en los pasillos y derramar la luz que nos envuelve.
Llegas cansada a mis brazos, que le devuelven hastio e inviernos.
Y verás en mi las simas de un corazón mutilado, sembrado de penas.
Y no se me ocurre que decir,
¡Cerrar la puerta y abrir el corazón! Tocará hacerse fuerte.
Desconozco la fuerza con la que me llevas al abismo, desconozco mi nombre y el pasado. Estoy parado a mitad de la vida, queriendo saber que nuevo nombre le pondrás al recuerdo; que otra boca sabrá de mis labios, que otros ojos conocerán mis sueños, que hechizo matinal abrirá la tumba de todos mis males. Nuestra identidad ha caído en su decadencia final, y no hay botes salvavidas en este barco. El vaho de los inviernos de la década doliente se ha infiltrado en las manos, en las cicatrices, en las promesas, en las madrugadas.
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