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El Maldito Olor De Las Velas

Llegar a casa. Comenzar a poner en orden parte del desastre, los disturbios ocasionados por los deudos, sillas desordenadas, restos de basura por todos lados y el desagradable olor a velas. Todo esto pudo ser evitado, si tan solo parte de los últimos deseos de mi madre no hubiera sido que su velatorio tenía que hacerse en casa. Pero no, la vieja quiso que esta escena lúgubre e incomoda se hiciera acá. Pero más allá de este desorden -que de a poco se despeja- están las cosas emocionales, ese caer a la realidad y saber que no hay nada más que hacer, que ya no existe forma de acercarse a ella para pedirle un consejo (que casi siempre tenía tono de regaño o de reproche); después de todo, ya era el único de sus hijos que había quedado a su lado, los demás habían asumido ya la tortuosa tarea de construir su "propio hogar", y no digo esto a forma de queja, de ninguna manera, espero se entienda que lo menciono porque ahora el impacto en mis huesos tiene una cuota mayor de pena.

Ahora empieza verdaderamente lo duro, la ausencia siempre representa la parte más difícil de un funeral, el vacío físico y emocional que se cuela en cada rincón de esta casa, el espesor que el silencio desparrama en su habitación. Miles de cosas pasan por mi cabeza, recuerdos tiernos, momentos duros; y empiezo a comprender parte de sus regaños, aquellos mismos que me negué a aceptar en el pecado de la juventud rebelde que siempre caracterizó mi personalidad individualista. Ahora es cuando más necesito de su café, me siento agotado y vacío.

Pienso desordenadamente, entre lo que hice y lo que deberé hacer a partir de hoy. ¿Dónde empezaré a refugiarme para seguir? Me niego a creer que iré con flores a su tumba, no entiendo de esas cosas. Eso definitivamente esta descartado como refugio, después de todo de nada serviría pararse ante ese cúmulo de cemento que abriga sus huesos. No tengo respuestas en este momento, seguir sus consejos se presenta como posible refugio, sin embargo hay una espina dolorosa clavada en mi corazón, pensar en hacer lo que no fui capaz de hacer cuando ella podía verme, eso llena de flagelos mi ser. Es tarde y la noche comienza a reflejar parte de la oscuridad que cubre mi alma, no alcanzo a comprender que sigue. 

Definitivamente no soy el primer ser que se enfrenta a esta situación y firmemente creo que tampoco seré el último. ¿Cuantos otros lo enfrentaron? ¡Muchos! Pero ay de mi, nada de lo vivido o sufrido hasta este momento en mi vida se compara a esta penosa situación. Habrá que rescatar la alegría, no dejar que la tristeza o el remordimiento clave sus afiladas garras en mi cuerpo. La tristeza deja siempre grietas en los seres, por donde la salida debe estar, es una verdadera fortuna que la tristeza no tenga la fuerza suficiente para ser solida y cerrada. 

La muerte después de todo es lo único verdaderamente seguro que tenemos. Más de alguna vez me vi puesto en esta situación, limpiando los rastros del velorio de mi madre; pero nada de lo que esas simulaciones emocionales es parecido a esto. El olor de las velas, el maldito olor de las velas, ciertamente es lo más desagradable.

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